Mucho se está hablando en estos días, con la Cumbre de Washington de fondo, de volver a nuestros orígenes, económicamente hablando, a “lo que nos enseñaron nuestros padres”, escaldados ya como estamos de un sistema capitalista y especulador brutal. 
Estos orígenes que ahora promulgan a los que nos les falta el dinero son la ética y la transparencia. En tiempos de bonanza una minoría ha sobrepasado los límites de su enriquecimiento y, cuando la burbuja explota, los destrozos salpican al resto y ahora quieren recular, que no está mal, pero el daño ya está hecho.
Los ciudadanos provocan en las calles un debate paralelo a la reunión del G-20+2. El capitalismo y las teorías económicas neoliberales se ponen en tela de juicio y nuestros dirigentes, si bien, no han llegado a formular soluciones definitivas en esta Cumbre, se han puesto, por lo menos, a trabajar en ello de aquí a cinco o seis meses más.
Era de esperar que el sistema financiero mundial necesitara un cambio. Hoy en día vivimos en una sociedad globalizada y las patrias nos pertenecen a todos. Con el boom de las economías emergentes como China, el pastel se queda pequeño para todos y hay que buscar otros métodos.
Resulta curioso conocer la reacción de cada país respecto a esta crisis. La caída en picado de la primera potencia mundial, a la que todos nos vemos arrastrados, ha inflado de orgullo los pechos de Oriente y América Latina que, como una madre que te ha avisado de que te vas a hacer daño, te dice cuando te caes: “¿Ves? Te lo dije”. Los asiáticos se crecen en su ideología, menos materialista, mientras naciones como la argentina luchan más fuerte contra la hegemonía norteamericana. Los países en vías de desarrollo reclaman ahora con más fuerza su derecho a participar.
Y resulta curioso, además, que Estados Unidos, el principal país defensor del libre mercado, se dedique ahora a nacionalizar bancos como tantos otros gobiernos. Regulación es otra palabra que ha salido en la Cumbre, que no proteccionismo porque tan peligrosa es la ferocidad de la mano invisible de Smith que el excesivo intervencionismo keynesiano de Papá Estado.
Quizá peco de optimista, pero confío en que este fin de semana haya sido un punto de inflexión tal y como lo fueron los acuerdos de Bretton Woods en la década de los 40 y que servirá para algo, si bien no creo que el capitalismo muera del todo como algunos medios se atreven siquiera a conjeturar. Otras soluciones suenan demasiado a Guerra Fría.